La Belleza del Día
Era inexplicable la belleza del día y que él se sintiera igual que siempre. En la TV, lo mismo de siempre, la cafetera encendida, la heladera, el lavavajillas y el microondas.
Estaba listo para salir a trabajar, ella servía café, aún no estaba lista, su uniforme impecable y meticulosamente planchado la esperaba en el respaldo de la silla.
Una falda tableada, una blusa de botones azules que hacían juego con la tela sedosa de color azul cielo. Antes de finalizar el desayuno él tomó el maletín y sus llaves. A través de la ventana el sol pegaba, rebotaba y hacía bailar a las partículas que se observaban a trasluz.
Decidió dejar el automóvil, para caminar las calles bañadas de sol y las veredas alfombradas con hojas que anunciaban el otoño. Siguió sus pasos como si nada existiera en ese momento, como si no hubiera ser sobre la tierra que pudiera llegar a reprocharle algo nunca. El cielo estaba cerca. Su cuerpo afrontaba la suave brisa que movía no solo su pelo sino las copas de los árboles.
Parecía que ni siquiera su llegada a destino lo detendría, sus pasos seguían rítmicamente siempre adelante. Dudo por un segundo si debía realizar su habitual parada o seguía sin rumbo hasta llegar al agotamiento. Era responsable, siempre lo fue.
Se sintió culpable. Se detuvo, subió las escaleras como quien esta a punto de perder el último tren. No tuvo tiempo de saludar. Su secretaria lo esperaba con su taza de café con crema, que acostumbraba sostener en la mano por aproximadamente 5 minutos antes de beber el primer sorbo, para luego jugar con ella por un período de 15 minutos. Así empezaba su ritual matutino, una ida a la cocina para echarle temperatura nuevamente a su café.
Pasaron las horas y resolvió que almorzaría al aire libre, estaba decidido a aprovechar al máximo la belleza del día. Escribió tres informes que nadie leyó. Tres informes parecidos a los que a diario escribía…
Era meticuloso, realizaba informes completos y complejos, que tarde o temprano serían leídos, pero no hoy. Hoy solo adelanto todos los que podía, antes del receso del almuerzo.
Caminó hasta las orillas del río, se sentó bajo la sombrilla de un bar que ofrecía sándwiches de todo tipo al mediodía. Ciabatta, jamón crudo, jamón serrano, tomates, lechuga, morrones, atún, aceitunas negras…
No demoró en recibir su pedido y deleitarse con cada bocado, creo que disfrutaba tanto de cada bocado dado al aire libre como si cada uno fuera el primero. Como tenía dos horas libres, decidió que lo mejor para acompañar su almuerzo sería una cerveza rubia. De igual manera su habitual café de la tarde ayudaría a despabilarlo en caso de necesidad.
Quedo admirando los rayos de sol que reflejaban en el agua que de tanto en tanto se agitaba por alguna pequeña barcaza. Podía ver peces que se movilizaban rápidamente. A ratos fijaba la mirada en ese punto donde el cielo y el agua se confunden, parecía decidido a encontrar una línea de fuga. Se prometió que guardaría por siempre en sus retinas esos instantes. Que de ahora en más disfrutaría de la vida, y que al llegar a casa besaría con pasión a su mujer, recordó que no la había besado, ni le había dicho lo mucho que la quería, y que le debía pedir disculpas por tomarla por sentado y no dedicarle más tiempo al romance, recordó la época de novios, y sus ojos brillaron aún más.
Se incorporó de un salto y empezó a correr, se dirigía a la florería de la otra cuadra, sabía que en ese local encontraría las calas que ella tanto ama. Estaba tan distraído que no se percato del primer bocinazo y cuando escucho el segundo ya era tarde, la frenada fue violenta, aún así no evitó el impacto. Su cuerpo giro dos veces y terminó en el empedrado, con los ojos abiertos observando el cielo, sin una nube, recordó a su amor, una lágrima brotó y recorrió su mejilla izquierda, una mueca engañosa entre dolor y sonrisa fue lo último que esbozo antes de partir.
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